¡Y por fin estuvimos en la Gran Geoda!

Desde el 2019, desde antes de que  la maldita pandemia nos obligara a suspender aquella excursión a los confines de la tierra, por fin el Domingo pasado, dos años y pico después, pudimos visitar esa maravilla geológica que la naturaleza nos ha cocinado a fuego lento durante cientos de miles de años, la capilla Sixtina de los cristales de yeso, La Geoda de Pulpí.

La cosa merecía madrugar, sobre las 7:30h empieza el cachondeito en el grupo de wassap, «¡vamos que nos vamos!», «¿calzado cerrado?» «¿cuánto falta?», pues eso, el personal tocando las narices desde bien temprano.

Empezamos a aparecer, el corrillo va aumentando, ¿quién falta?, ¿y el bus, es la hora?  ¡ahí está! Con algunos minutos de retraso sobre la hoja de ruta y con alguna baja en las filas, iniciamos la marcha con dos fichajes nuevos, 32 jodidos geodos, ¿o eran 33? «¡cuenta, cuenta,… cuenta otra vez!» siguen tocando los lereles. Un agradable viaje en una agradable mañana. Sobre las 9 y poco llegamos a la Mina Rica. 

En la explanada nos encontramos con los seis valientes geodos que nos faltaban e intentamos organizarnos en tres turnos de quince mineros para empezar a bajar, salen fácil  los grupos, la expectación va en aumento.

Se presenta el guía, una pequeña charla informativa, un toque de atención por la seguridad, por el covid y la primera tanda de intrépidos desaparece para colocarse los cascos y dirigirse a la boca del lobo. Alguien grita: «¡A ese déjalo abajo, no hace falta que salga!».

Media hora después la misma historia, a otros quince se los traga la tierra y poco después nos toca.

Salvador se llama nuestro guía, lo suyo no es contar chistes, pero da buenas explicaciones y rezuma conocimientos. Nos preparamos y nos vamos para la galería, esta vez no para pedirle cerveza al Perico, unos noventa minutos después deberemos volver a ver la luz del sol. 

Entramos por el angosto túnel, hay luz eléctrica, tampoco está tan mal. A medida que vamos andando, comienza una frenética exploración visual de techos, paredes y cualquier agujero que se precie.

Nuestro cicerone nos va parando y explicando lo que sea menester: bóvedas espectaculares, geodas destrozadas por la mano del hombre, santa Bárbara, minerales que parecen estar vivos en la oscuridad… ¡hasta hay paquetes de Celtas cortos!

Bajamos de nivel por escaleras de caracol, alguna resopla, y después otro tramo para ir acercándonos a la joya de la corona, la más grande y preciosa geoda descubierta hasta el momento sobre la faz de la tierra. Hay que bajar de dos en dos y asomarse por el agujero, se van oyendo exclamaciones varias, la tensión se masca en el ambiente.

No decepciona, la visión es impresionante, parece que estás en el planeta de aquella película, un hueco  de unos ocho metros de largo se extiende ante ti,  lleno de puntas y cristales de yeso por todas partes y de todos los tamaños, todo blanco inmaculado, durante tres o cuatro minutos miras absorto a una maravilla de cientos de miles de años, te retiras con cuidado para que pase el siguiente, se oye de nuevo otra exclamación.

Volvemos sobre nuestros pasos, otra vez la escalera de caracol, ahora los resoplidos son mayores, enfilamos los túneles no nos habíamos dado cuenta pero el trecho era largo y ¡por fin se ve el sol!

Tras comentar impresiones, subimos al autobús y nos vamos para el castillo de San Juan de los Terreros, nos dicen o nos venden que el autobús no puede subir hasta arriba, hay un gracioso trenecito para la ocasión, otra vez cachondeo y folclore, «¡andando hubiésemos llegado antes!» «¿esto frena cuesta abajo?» todo aderezado con canciones populares. Arriba la ansiada cerveza, visita al castillito con unas espléndidas vistas y con una recreación virtual de la Geoda incluida. Cogemos de nuevo el artilugio para bajar al autobús, más cachondeo ya con hambre.

La parte de la comida, en un chiringuito de playa, la vamos a obviar para no ponernos pesados. No estuvo mal, con algún problemilla etnológico por medio, tampoco pasará a la historia, ni volveremos ni lo recomendaremos.

Rebasado el horario previsto nos vamos para el autobús e iniciamos camino de vuelta con parada obligada para micción de alguno. Atardeciendo llegamos al Mandarache, nos despedimos de la agradable chófer (choferesa es correcto) y cada mochuel@ a su olivo. Bueno todos no, algunos nos fuimos al Galería, esta vez sí, a por una cerveza. 

1 comentario en “¡Y por fin estuvimos en la Gran Geoda!”

Deja una respuesta